Perdonar(se)

Hoy he estado pensando en la importancia de perdonarse a sí mismo. Lo sé, este parece el comienzo de un libro de autoayuda, pero no es en absoluto mi intención, y lo cierto es que el pensamiento ha pasado por mi cabeza para asentarse después de que muchos la hubieran introducido en mí con su filosofía de best-seller sin que realmente me parase a pensar en ello. Hasta ahora.

Es difícil perdonar(se). Muchísimo. Ya es difícil de por sí perdonar a los demás cuando sentimos que nos ofenden, pero el ser humano tiene una bonita tendencia a olvidar ciertas cosas cuando poco a poco nos van demostrando otras facetas que nos gustan más. Cuesta, pero si ya es un esfuerzo ser indulgentes con los demás, más aún lo es serlo cuando hacemos algo de lo que nos arrepentimos.

En lo que a nosotros respecta, somos rencorosos. Repetimos constantemente en nuestra cabeza aquellos errores que cometimos, e incluso me atrevería a decir que establecemos prejuicios. Sí, sé lo absurdo que suena. Un prejuicio, a fin de cuentas, es una imagen preconcebida que tenemos de alguien a quien no conocemos, ¿no? Pero, ¿no hacemos eso con nosotros de vez en cuando?

Soy tímida, soy demasiado testaruda, me cuesta hacer amigos, no he tenido suerte con mis parejas… esas concepciones generalizadas son un lastre que nos impide llegar a conocernos de verdad, y que nos inhibe de reinventarnos. ¿Por qué tengo que ser tímida? ¿Porque lo he sido todo este tiempo? ¿Qué hay de si decido no serlo a partir de hoy?

El primer paso para el cambio es liberarnos de todos esos prejuicios que tenemos sobre nosotros mismos. Todos hemos metido la pata, (y si algún lector en este punto niega con la cabeza, le invito a hacer memoria de sus actuaciones de una manera crítica). Todos tenemos episodios y actuaciones que borraríamos de buena gana si tuviéramos una máquina del tiempo. Y eso, precisamente esa lectura de los hechos y ese deseo de cambiarlo, responde a nuestra verdadera esencia.

Hoy he comprendido que nunca es tarde para mirarse al espejo, como cuando nos presentamos por primera vez con una persona a la que no conocemos. Mirarnos fijamente y observar nuestras actuaciones, conocernos otra vez y actuar como queremos actuar; no condicionados por cómo creemos saber que vamos a actuar. Nunca es tarde para hacer borrón y cuenta nueva, decidir quiénes queremos ser. Nuestros errores nos deberían servir para saber cómo no debemos actuar, y no como una etiqueta indeleble en nuestra frente que nos impida hacer nada al respecto.

El deseo de cambiar ya es un distintivo del comienzo del cambio. Ya hemos pedido perdón; sólo queda perdonarse.

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